lunes 4 de enero de 2010

Hay silencios peor que las palabras

Caminaba errante, con la mirada al suelo, evitando los charcos. El no saber qué decir, se había tornado en un incómodo silencio, banda sonora de esos primeros días grises y fríos de enero. El año nuevo dio paso a la más absoluta indiferencia, mientras los besos, dormían aún calientes en el cuello de algún abrigo.
Y como el que despierta de un sueño, repentinamente, todo se terminó. Ni una frase más alta que otra, ni siquiera una palabra. Cómo la negra noche que da paso a la más clara de las mañanas, sin dejar ni rastro de la oscuridad, se había desvanecido.
Y ni el cariño procesado, ni las excusas, ni siquiera el armarse de valor frene a su puerta, lo hicieron cambiar de opinión. Había decidido tragarse sus motivos.

Y fue así como las almas se fueron envenenando, no sólo la del guardián de las palabras, sino las dos. La una, por no decir aquello o lo otro, la excusa o el motivo, las verdaderas razones o las que sirven para salir del paso, y la otra, por no saber, por hacer mil y unas conjeturas, sin cabeza ni pies, por albergar esperanza y después perderla, por dejar pasar inexorable al tiempo, que dicen todo lo cura.
Y como todo se acaba, también eso terminó.
Y es que hay silencios peor que las palabras.